Capítulo I
...Las coincidencias, alimentaban la sospecha, por si solas o incluso en su conjunto podrían ser sólo eso, coincidencias, pero John, como todos los hombres, ante los celos, se vuelve un ser complejo, extraño para si mismo y se imagina como inmensas bolas de nieve creciendo y arrastrándose en un recorrido acelerado, con escasas posibilidades de parada y mucho menos de retorno, que en este caso, intuía ambos, casi inexistentes.
En sus pesadillas, despierto, le parecía haber alquilado sin caducidad un cuarto oscuro, donde dolorosa e inevitablemente iba a recogerse, juntar sus trozos y padecer eternamente.
John, era un hombre simple, confiado, tolerante en sus relaciones de pareja, fomentaba la libertad de acción de su compañera Mary, hasta el punto de animarla en las decisiones que su actividad la podían alejar durante unos días de su compañía.
El, creía que era un compañero moderno, alentaba con inusual tolerancia la autosuficiencia de ella y jamás pensó que le asaltarían los más mínimos síntomas de incomodidad por esa independencia de la que eran gozosos participes.
En esa existencia sin sobresaltos, casi plana, pactada sin rúbricas. En ese placentero estado de mutuo respeto, en esa tapa vencido el noviazgo e iniciando los primeros rasgos del matrimonio, sus vidas se proyectaron felices inmersas en un Áurea que deslumbraba a su alrededor.
Así habían crecido, juntos y desde aquel caluroso Domingo de Agosto, el del “Flechazo”, dibujaron un futuro compartido lleno de sueños sin precio, metas elementales realizables a medio plazo que no supusieran renuncia alguna de un presente del que disfrutar latido a latido.
El ritmo vital en sus vidas era de emociones controladas, comprometidos en un proyecto común, pero con un guión que ya se sabían de memoria, a veces intenso y satisfactorio, otras, pausado y de escasas alternancias, eso que a John con el paso del tiempo le hubiera gustado evitar o reconducir a un terreno menos cómodo y con algún sobresalto que otro, aunque pensándolo mejor, tal vez no, porque en este caso no dependía sólo de él y la consecución y mantenimiento de esos logros afectivos implicaba un desgaste que no siempre se comparte al cincuenta por ciento.
Pero el gusano, estaba ahí, ese tumor universal casi exclusivo de lo masculino y que subyace posado en el fondo de esa botella de vísceras con forma de corazón, hasta que a ésta alguien la zarandea desde fuera y entonces adiós a la modernidad, adiós al Áurea deslumbrante.
John, había descuidado un detalle importante, podría sentirse dueño de casi todo pero nunca se es, ni siquiera un poco, de otra persona, ni de sus sentimientos.
Capítulo II
Mary, era una mujer de su tiempo, amaba la vida y proyectaba en su trabajo toda la energía de la que era capaz. Retos, no faltaban en la Capital más trepidante del Mundo, sin embargo, dentro de toda esa agitación, mantenía un vínculo secreto consigo misma, que le proporcionaba una estabilidad envidiada por el resto de insignificantes personajes que deambulaban a su alrededor.
El capuchino de Starbuks, quemaba -como siempre- y Mary, se abandonó en una mirada perdida sobre la superficie cremosa y humeante, esperando que el frío de Noviembre lo templara a su gusto. Levantó la vista y observó el denso caminar de la gente, un universo de color con el común denominador de unos taxis maquillados de amarillo, de los que sólo quedaba en su retina, su estela difuminada por la velocidad.
En esa contemplación, hizo un esfuerzo por recordar cuando conoció a James.
-Mary, este es James, un compañero de trabajo,-le dijo John, una tarde de hace algunos años, en la esquina de la 58 con Central Park, una rápida presentación, un saludo formal, una coincidencia fortuita que probablemente no se volvería a repetir. A continuación ambos, bajaron al metro en Columbus Circle y tomaron vagones que volaban en direcciones opuestas.
James, mundano, solvente, protector, seductor, era para John un hermano mayor, para Mary el riesgo, lo irreverente, lo nuevo.
Vivía al otro lado del Hudson, un apartamento en el 118 de Willow St. en el corazón de Brooklyn, torpemente casado, relación que salvaba a duras penas y que no proyectaba fuera de lo estrictamente familiar, de ahí que la amistad de John y Mary con Hillary, su mujer, no avanzara con la misma secuencia que con él.
James, llegó a ocupar un pequeño espacio en sus vidas, intranscendente, caldo de cultivo, pausado pero fértil, su proximidad fue decantándose lentamente hacia la sombra de Mary, o quizás fue ella la que eligió e inclinó hacia su mundo interior una conexión de la que en ese momento desconocía el resultado, pero con un acercamiento que se le antojaba veladamente atractivo.
Pero sólo eso, ni por asomo, la más mínima intención de transgredir su actual relación, proyecto en el gozaba de un reconfortante protagonismo y del que aún, lo esperaba casi todo.
Mary, aprendió a volar y volaba, creció deprisa, más deprisa que John, el fascinante mundo que empezaba a descubrir alimentaba su Yo más profundo, las dificultades se minimizaban a medida que se iban presentando y se volcó en esa ilusión en cuerpo y alma, sin reparos, suponiendo que era lo correcto o al menos lo que en ese momento más le atraía.
Por supuesto, que ella tenía con John una complicidad casi infantil, era el hombre de su vida y hasta el momento todo lo habían compartido, desmenuzado y decidido juntos, pero la incorporación a su vida del James íntimo, le pareció una situación nueva, lo suficientemente abierta y controlada como para esperar que algún giro propiciara la confidencia.
Todo estaba bien, ¿por qué arriesgar con confesiones inoportunas e inexplicables, cuando el mundo se le abría de par en par?
Así pensaba Mary inmersa en una alocada carrera de sentimientos encontrados, donde la realidad se confunde y a la acumulación de experiencias se le llama equivocadamente: Madurez.
Capítulo III
Otoño en Manhattan, el Metro escupía madrugadores neoyorquinos que acudían a su trabajo en Columbus Circle. John caminaba escondido entre la multitud, ensimismado, sumido en la nebulosa de unas desconcertantes evidencias que solamente él percibía y de las que sin embargo, deseaba que sólo lo fueran en una pesadilla con inmediata fecha de caducidad.
En determinados momentos, se resistía a darle a esas situaciones más interpretación que la de una lógica que no entendía y para la que seguramente habría una explicación. Por lo tanto quería pensar que su relación de pareja, la de toda la vida, no sólo no estaba amenazada, sino que además, avanzaba paso a paso hacia los objetivos planeados de antemano.
John, alcanzó la salida por la boca sur, miró sin ver la acristalada fachada del Time Warner Center, sobre la que se reflejaban, deformados los primeros olmos que elevaban su copa en esa esquina de Central Park.
Una bofetada de aire frío terminó por despertarle los sentidos y en esos instantes de aparente clarividencia, notó como el gusano se columpiaba en el interior de su estómago.
De nuevo quiso visualizar esos roces de manos sorprendidos a destiempo, o escuchar las conversaciones interrumpidas provocando un rubor evidente, no era algo que había soñado. Y podrían tener ahora, más sentido y explicación que nunca. Sin embargo, tenía que ser objetivo, probablemente se equivocaba, y necesitaba una lectura profesional a ese comportamiento que le estaba rompiendo el alma.
Al acabar su jornada, John descolgó el teléfono y después de manosearlo indeciso un par de veces, marcó el número de su amigo Stanley:
-Doc, soy yo, necesito ayuda-
-¿Quieres que te vea ahora, nos tomamos un café?-
-No, no te preocupes, es tarde, no es urgente-
-John, yo no me preocupo, yo me ocupo y quiero que vengas ahora mismo, ¿puedes?-
Stanley, conocido Psiquiatra, experto Psicólogo Humanista, prestigiado por varias universidades, solía desayunar con John en el Dean & DeLuca de la segunda planta del Warner.
La consulta de Stanley ocupaba parcialmente una planta alta en el 101 de la Octava con Broadway, a tan sólo unos pasos de la oficina de John, distancia que éste cubrió en unos escasos minutos.
El doctor lo recibió con ropa informal, aquella visita tenía en principio un tratamiento más amistoso que formal. Frente a su mesa de despacho, aislada en el centro de la estancia la famosa Chaise-longue diseñada en el 25 por Le Corbusier.
Por la ventana, a través del visillo de tergal blanco se adivinaba la larga avenida que cruzaba en diagonal la gran manzana, ...sonaba el sitar del virtuoso Ravi Shankar.
John nunca se había imaginado a Stanley como el Psicólogo famoso que era, tanto tiempo compartiendo minutos y cafés, pero siempre desmenuzando temas relacionados con la Música o el Arte, cosas cotidianas que poco tenían que ver con las profundas verdades o mentiras del ser humano.
Ahora echado en el diván frente a él, John intentaba resumir en un corto relato su estado de inquietante desconfianza, con la esperanza de que la ciencia determinara las causas, percibiera las consecuencias y prescribiera un tratamiento para salir de aquel triste callejón, que no le dejaba conciliar el sueño desde hacia varios días.
Capítulo IV
Mary, alcanzó el mando de su reproductor de audio y con un mecánico movimiento presionó el Play.
“Nights in white satin” le solía acompañar en esa temprana hora del día. Reagrupó los expedientes y demandas repartidos por encima de su mesa; subrayó sus prioridades garabateando sobre unos folios de color hueso, y ordenó la primera reunión de la mañana.
-Todo está bien- se dijo en voz baja. Se sentía fuerte y no es que se lo creyese realmente, pero su responsabilidad con el trabajo no admitía la más mínima vacilación; ya tendría tiempo en otro momento de un análisis mas detenido sobre todo lo que estaba sucediendo, incluida, la nueva sensación de no poder compartir con John todas sus inquietudes, era obvio que no era el más adecuado para compartir éstas en particular.
El Amor, en todos sus matices se le presentaba como un sentimiento tan amplio e intenso que no estando dispuesta a renunciar a él, ¿porqué limitarlo a una sola persona?
En esta aparente realidad, Mary se convencía a si misma con explicaciones parciales, excusas razonadas o verdades a medias, convencida de las razones que le acercaron a James sin distanciarle de John, una historia de Amor, otro tipo de Amor, de eso se trataba, una fantasía difícil, dura, con todas las dudas previas, con todas las precauciones pera evitar trascender, como si eso fuera posible.
Pero ya se sabe, ...el Amor es un niño consentido al que se le permiten las acciones más inexplicables y del que nunca se sabe qué esperar.
A esa misma hora, John, -entre bastidores- revisaba y corregía el contenido de los primeros informativos que la CNN emitía desde sus instalaciones en el Time Warner Center y que su amigo James, se encargaría de difundir con esa habitual media sonrisa entre agradable y trascendente, que tanto gustaba a las madrugadoras amas de casa neoyorquinas.
John, por su parte, veía la botella medio vacía, discutía consigo mismo y se exigía un comportamiento ejemplar, se sorprendió en repetidas ocasiones convenciéndose en silencio, que esa, era una gran oportunidad para demostrar la madurez y entereza de la que seguramente hasta ese momento había carecido.
Sin embargo, juntos ponían en tela de juicio sus teorías, cristalizando un comportamiento más impostado que real. La ansiedad y la desconfianza tomó asiento en esas dos almas, cuyo proyecto estaba malherido.
Los primeros días se exigían explicaciones, mientras que cada uno de ellos se refugiaba en su propio espacio, justificando su comportamiento. Mary, intentando describir un inexplicable descuido en las atenciones de John, al tiempo que nuevos estímulos le compensaban con atractivas expectativas. Y él, esgrimiendo la espada del reproche por las múltiples evasivas y falta de sinceridad. El escudo y la daga se posicionaban en un prólogo bélico de imprevisibles consecuencias.
La vasija, había caído al suelo, rompiéndose en pedazos y su restauración era poco mas que imposible. Después de restañada, podría servir para alojar en su interior alguna flor de plástico o incluso con un buen trabajo, alguna natural. Pero su aspecto nunca sería el de antes, la suave redondez de su superficie se había vuelto quebrada y áspera. Las líneas se interrumpían en cada junta, mostrando la discontinuidad del dibujo.
Capítulo V
John, salía antes de casa, le daba los buenos días y se despedía en silencio, a la vez que memorizaba la imagen de Mary que le contestaba con un gesto somnoliento, ocupando al instante el resto de la cama.
Sus relaciones personales, se concentraban durante el resto del día en su entorno profesional. Actividades distintas, valores materiales diferentes en un ambiente tan hostil y particular que sólo si uno de los dos forzaba un eventual encuentro, convertían en un instante insuficiente lo que hubieran deseado que fueran regulares y gratificantes momentos.
Pero ahora, algo estaba cambiando, los celos de él y los recelos de ella, dificultaban y distanciaban los encuentros, algo que evidentemente no les pasó desapercibido.
En esa tesitura y tomando espacio para las reflexiones, pactaron un tiempo de distancia. Un espacio para ampliar la perspectiva y visualizar el problema con mayores ángulos. Una separación necesaria para aclarar conceptos, para reubicar sentimientos.
Al principio, este distanciamiento sólo fue un mal retrato, una caricatura sin ninguna gracia y al contrario de cómo sucedía anteriormente, a partir de ese momento, no pasaba un día sin que se produjera una coincidencia, ni conveniente, ni deseada (o quizás si). John, sospechó que su dependencia era mayor que la prevista y eso le asustó, estaba en juego la esencia de la reflexión por separado y su desarrollo y conclusión no encontraban la claridad deseada.
Mientras, Mary, esperaba acontecimientos. Preocupada por la incertidumbre de la situación, contemporizaba una fantasía de la que se resistía a prescindir. Ella adoraba esa pasión y temía la conveniencia de abandonarla con una inmediatez a la que no estaba dispuesta.
Aquélla tarde, Mary pasó de largo la entrada del metro y anduvo ensimismada bordeando la esquina suroeste, adentrándose de lleno en Central Park, la luna se escondía recortándose en los altos edificios y se sintió a gusto.
El bello y majestuoso perfil actuaba como fondo de escenario de unos primeros planos en los que ella y su frondoso entorno eran protagonistas, la humedad del parque y el frío amenazaban con descabalgarla de aquel rocín alado que por unos pocos instantes le había desconectado de lo sórdido del día.
Pensó que después de todo, habían horas, tal vez sólo minutos, en los que todo cabe, segundos en los que acaban brillándote los ojos, y con ese brillo, es con el que nos quedamos, el brillo del Amor, de la pasión deseada aunque a destiempo, el sabor de unos besos imaginados a la sombra de un engaño, de una caricia transcurrida en un descuido y todo se consume una tarde noche entre una estación de metro y otra, mientras el resto del mundo duerme despierto.
El tiempo había atenuado responsabilidades y disuelto, juntas, las culpabilidades en el fondo de un enorme puchero de emociones.
Así, mezclado y confundido el reciente pasado, cada uno de ellos se hizo fuerte en su parcela de actuación y a falta de un compromiso nuevo y definitivo, los fortuitos encuentros no eran sino germen de discusiones y desacuerdos.
Una mañana, después del noticiero de las 7, John decidió dar una vuelta más de tuerca, emplazando a James para comunicarle los motivos de su nueva situación, no esperaba obtener de él ninguna confesión, muy al contrario, estaba preparado para recibir evasivas, incluso reproches por respuesta, pero el desconcierto y la alteración con la que James recibió aquella velada acusación, evidenció un comportamiento con cierto grado de culpabilidad, vaciló al tiempo que perdía esa sonrisa seductora que ofrecía alquilada en un primer plano, deseando los buenos días a los neoyorquinos que apuraban su primer café de la mañana.
James, no era tan valiente como Mary y el peso de la sospecha de John le hizo vacilar y reconsiderar toda la situación, y las posibles expectativas que estuviese en ese momento considerando, se diluyeron como la sacarina con la que edulcoraba sus tibios tés de primera hora.
John, pensó que su amigo el doctor debería conocer los detalles de aquella pequeña batalla, que en su interior pensaba que había ganado.
Capítulo VI
Stanley, escuchó con atención la versión de aquel encuentro, que a priori, él habría desaconsejado, pero que una vez sucedido, insistió en utilizar como estrategia para descalificar al presunto agraviante, argumentando que éste, era un sujeto de méritos muy inferiores a los de John. Un seductor de tercera fila, una cara atractiva detrás de una pantalla, leyendo de carrerilla noticia tras noticia, pero que sólo era un advenedizo traidor que no le aguantó la mirada alta, cuando en el primer y solicitado encuentro por John, éste, le demandó explicaciones.
El doctor, fortaleció su ego, le dio vida y le ayudó a crecer y éste se encontró ante tres realidades bien diferentes. La primera, sus sesiones de terapia individual, en las que se ejercitaba en la reconstrucción de su nuevo Yo, de la que estaba obteniendo notables mejoras. Una segunda, la convicción de que desde esa reforzada personalidad podría iniciar una reconquista de aquella a la que no había dejado de amar, idea por otra parte no compartida, al menos de momento por Stanley. Y la tercera, en la que se preguntaba ya de nuevo en la calle y rodeado del resto del mundo, como actuar a partir de ese instante.
John, repitió las visitas durante las semanas siguientes. La mejoría era evidente, pero tenía fecha de caducidad, límites de estacionamiento como los coches en zona azul, en los que tienes que reponer monedas en el momento justo, y justo era el espacio de tiempo entre una visita y la siguiente.
John necesitaba una reafirmación, un renacimiento, sentir que de nuevo el sol había salido para él y recuperar la confianza.
El Psicólogo, seguía haciendo su trabajo y fue con él, con el único con quien hasta ese momento, John compartió la causa de su preocupación. Estaba avergonzado, era incapaz de confesar a nadie más su adversidad, en un mal entendido pudor o excesivo sentido del ridículo, pero así era él, tímido e incapaz de superar a corto plazo una situación que empezaba a sacudirle el corazón.
Deseaba nuevos amigos, nuevos ambientes. John sabía que el Amor verdadero no crece en las macetas ni se consigue dando una patada en la tierra. No se busca, es algo más sencillo y complejo a la vez, aparece y punto, sólo que no aparece cuando uno quiere y podría no aparecer jamás.
El experto humanista, entendió que su paciente ya estaba en un punto en el que necesitaba una prueba más definitiva, una última clase práctica, compartir y confesar ante terceros con toda la desnudez y sinceridad posibles los pormenores de su confusión y escuchar con detenimiento y cierto dramatismo las de estos y no solamente eso, además aceptar con suma deportividad la crítica y el punto de vista de sus desconocidos compañeros de terapia.
Un último viernes de aquel Otoño, aprovechando la estancia en la ciudad de un eminente profesor de la parisina Sorbona, Stanley organizó para unos seleccionados pacientes unas jornadas de terapia de grupo a puerta cerrada. A John no le sorprendió estar entre ese grupo de elegidos, el Doctor ya le había hablado de esa posibilidad, era el momento de levantar el vuelo. Punto y aparte de un presente que nunca olvidaría, pero aprendería a vivir con él y escribir unos nuevos trazos sin desconsuelo, lanzándose a una nueva vida en la que sentirse vivo, vencedor o no, eso no importaba, pero activo partícipe en la contienda y con esa esperanza acudió esa tarde de Octubre al lugar en el que iba a compartir un fin de semana con otros seres especialmente malheridos.
John, dejó su oficina con tiempo suficiente, la tarde era fría, pero seca y soportable, sólo tenía que cruzar al otro lado del Parque. Pudo hacerlo por la acera de la 59, sin embargo prefirió adentrarse en el espacio desnudo que le abría aquel inmenso pulmón alfombrado con hojarasca rojiza, que recibía los últimos rayos de sol. Sorteó Wollman Rink y se recordó deslizándose con Mary en la pista, en otros momentos helada. Era eso lo que necesitaba antes de conocer al grupo, un punto y aparte, un instante de soledad, de concentración y aligerar un lastre, que sólo un paseo por esos lechos rocosos arrancados al viejo Manhattan le podían proporcionar.
Capítulo VII
La primera jornada, la del viernes tarde, fue un prólogo de consideraciones generales. Intervenciones frías, distantes, fuese lo que fuese, parecía que aquella sesión de aproximación al auto-análisis no iba con ninguno de ellos; se hacia difícil romper el hielo, excesiva prudencia, excesiva protección.
Pero los expertos, sabían como activar aquellas sensibilidades escondidas, y la pronta confesión de un atractivo joven de su hasta ese momento, oculta homosexualidad, cubrió de dramatismo el aire que llenaba aquellas cuatro espaciosas paredes. Al tiempo, se sucedían tímidamente algunas declaraciones sobrecogedoras, la desnudez y crudeza de los contenidos propició más de una renuncia, abandonos que cribaron el grupo a un reducido número de participantes, con los que se completó el resto de la jornada y las dos posteriores.
El sábado, amaneció con un sol tímido y anaranjado que se dejaba ver entre los centenarios árboles, de nuevo un paseo atravesando el parque condujo a John al encuentro del grupo, esta vez la curiosidad le pudo y aceleró el paso obviando contemplaciones, expectante a lo que le depararía la jornada.
El grupo, en circulo y sentado en el suelo sobre una moqueta beige de pelo corto, recordaba los prolegómenos de la noche anterior. Aquella extraña confusión que presidía sus almas, quizás fue un sueño, extraño, eso si, pero con la esperanza de que hoy se materializase el milagro del renacimiento.
John, cedía su turno a la espera del momento en el que armado de valor, exteriorizase su inquietud deseando la complacencia o la compasión de sus ocasionales compañeros de confesiones.
Al igual que con los demás, el silencio y la curiosidad formaron sombras expectantes a la espera de la siguiente revelación.
John, lamentó su incertidumbre, magnificó su dolor por semejante desdicha y se sumió en tal melancolía que sus frases lentas y entrecortadas se apagaban entre vanos intentos por controlar los sollozos.
Habló de los engaños, de las mentiras, de la tristeza que instalada en su corazón no le permitía mirar hacia delante y trazar nuevos proyectos para un futuro inmediato, pero resultó demasiado teatral y orquestado para que unos desconocidos se apiadasen de su adversidad y le rieran las penas.Muy al contrario, la reacción fue instantánea y tremebunda, el séptimo de caballería cargo contra el displicente John y la lluvia de reproches y observaciones subidas de tono llenó todos los huecos de aquella Sala que para él y su indefensión se había estrechado hasta el punto de sentirse como en el interior de un armario.
El planteamiento victimista de la narración había molestado sobremanera a la concurrencia, unos por propiciar una reacción de entereza y otros por censurar la visión de engañosa propiedad sobre el comportamiento de Mary, que habían percibido en el indolente relato de John.
Cargaron las tintas contra él, sumiéndolo en la mayor de las vergüenzas, el contraataque había estado abanderado por algunas mujeres del grupo que no estaban dispuestas a admitir la más mínima referencia a cuestiones relacionadas con la usurpación de sentimientos o dependencias por cuestión de sexo y fue aparentemente secundado por la mayoría.
John, cayó mal en su presentación, se sintió incómodo con su estreno, pero no pasó por alto las duras observaciones especialmente de aquellas mujeres.
Pensó, que evidentemente algo estaba haciendo mal, tenía que reaccionar. En su papel de pareja engañada no estaba la solución, había que pasar página, su presente era aquel y su futuro dependía de que pisara fuerte por encima de ese momento y resolviese con nota, sobre todo, la que se tenía que dar él.
Capítulo VIII
John, se había tomado el fin de semana libre para asistir a la terapia. Había pasado el tiempo y ambos se ejercitaban en materializar con orden y rigor, lo que entendían por una separación provisional, dando tiempo a que ésta, aportase lucidez suficiente para compartir una decisión que diera un nuevo rumbo a sus vidas.
Mary, dedicaba todo su tiempo a su trabajo, despachando lo cotidiano con la solvencia de siempre, buscando tan sólo pequeños encuentros, en los que tangenciar sentimientos con James, y a los que éste se prestaba, no sin cierta reticencia.
Ese mismo fin de semana, Mary decidió pasarlo en casa, ella era mucho mas fuerte que ambos y estaba más preparada para enfrentarse sola a lo que aconteciese, sólo quedaba esperar haciendo camino, y el suyo de momento no contemplaba la opción de ninguna decisión definitiva.
El Sábado se despertó más tarde de lo habitual, contemporizó en la cama recordando otros despertares en compañía de John, se lo imaginó a su lado.
Abandonándose entre las sábanas, a falta de mayor compromiso, su mente volaba a mil por hora. De John a James, de James a John y ella en ese triángulo sin obtener nada de lo que podía soñar.
Bajó a la cocina, se preparó un te, y se quedó mirando como unas hormigas devoraban las hojas de una planta de la ventana. No era un espectáculo particularmente conmovedor pero sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas, una, dos... una catarata lenta y constante, y un dolor fuerte que le ahogaba la garganta.
Quería a John, necesitaba de su compañía, de su amor siempre tan constante, esa entrega repetida día tras día desde la primera vez que se vieron. Pero también necesitaba de James ese toque de magia que le pintaba colores en las mejillas, que la hacia sentir apetecible como una manzana fresca, que la hacía correr al teléfono si suponía que era él quien la llamaba.
Un cuerpo que se encendía accionando todas sus fuentes nerviosas, como hacía tiempo que no le pasaba con John, en esos momentos sentía que podía ser capaz de vivir el amor y el sexo, como nunca antes lo había hecho.
Su vértigo aumentaba en cada cruce de palabras con James, cuando él se le ofrecía distante, sin compromiso, sólo una tentación repleta de frases sugerentes que nunca cristalizaban en nada. Solo palabras tiradas al vuelo, para cosechar una engañosa e inmerecida admiración.
James estaba dispuesto a vender caro su cúmulo de éxitos y logros personales y Mary una mujer desenvuelta y segura, pero mujer al fin y al cabo, se rendiría a sus pies, (era evidente) con sólo mover un dedo si él quisiera.
A estas alturas, Mary en la soledad de ese fin de semana ya había medido el huidizo compromiso de James y su sospechoso oportunismo.
La fortaleza de Mary y su obstinación por mantener vivas todas las opciones, le entretuvo en un divertido juego de palabras “De dos haría uno, de dos no haría ninguno, de dos que son tres... ¿para qué?”
Algo le estaba fallando en su química, no tenía sentido intentar hacer tantos malabares solo para sentirse volar en las nubes, desde donde en cualquier momento se caería haciéndose pedazos, ella, su vida y su matrimonio, que tanto siempre le importó.
¿Qué llevaba a las personas a abrir el corazón a las novedades, a innovar sentimientos como si de una muda se tratara...?
tampoco le parecía tan grave e irreversible, sólo había jugado a enamorarse de otro hombre de forma accidental y diferente a como pensaba que amaba a John, y lo quería lo suficiente como para considerar todavía una reconciliación, la vida no les había sido ingrata, tampoco les había regalado nada, lo habían conseguido todo juntos, pero ahora ella, cansada, confundida, no estaba por la labor de tomar decisiones o proponer soluciones, deseaba recuperar la mitad de un proyecto extraviado, respiraba fuerte y suspiraba, no iba a tomar la iniciativa.
Capítulo IX.
El Domingo amaneció frío, la ciudad paralizada, los prolegómenos de un invierno que pedía permiso para instalarse, anticipando un lecho de rocío en los paseos arbolados del inmenso parque.
La última sesión empezó acelerada, en un evidente contraste con la inactividad del resto de los ciudadanos que empezaban a despertar. Esa era la sensación que quedaba al traspasar la puerta de aquella Sala en la que durante unos días se representaba el drama de sus conciencias. John se sentía satisfecho, no le había pasado desapercibida la extraordinaria personalidad de alguno de los asistentes con los que había compartido simples e instantáneas aportaciones, estableciendo un intercambio de puntos de vista que fueron atentamente recogidos por los demás.
El indolente John de las primeras horas se transformaba dando paso a un hombre cuyas intervenciones eran seguidas con atención y cierta devoción, la lastimosa víctima de desamor del primer día, se había convertido en una referencia y aunque los conductores morales y materiales habían sido en todo momento los dos expertos en humanidades, él, en ocasiones se había erigido en un líder añadido, consentido, portavoz y consulta en lo intrascendente pero referencia a los ojos del resto del grupo.
Ruth, una de ellos, confesó que se movía con dificultad en una relación sentimental imposible, lo que le producía tremendas inseguridades, la dificultad de esa relación, la más que obvia inexistencia de posibilidades de que aquello suyo, apenas hilvanado, pero en lo que ella había depositado tanto esfuerzo no llegara a buen término, la tenía sumida en un particular caos.
La exposición que hizo de su situación fue tierna, confesó con lágrimas su enorme decepción y lo difícil de enfrentarse a una realidad con la que no contaba, pero que temía. Apuntó con acierto la necesidad de poder decidir sobre su soledad y el deseo de conseguir con una inmediatez razonable todos esos pequeños logros que entendía que se merecía y que hasta el momento no habían figurado entre sus prioridades.
El atractivo de Ruth era notable, era guapa, culta y se le adivinaba sutil y generosa, ilusa, casi infantil, pero, ¿quien no sacaba allí el niño que llevaba dentro, para que utilizado una vez mas, escudase al adulto que en público se resistía a dejarse ver.?
John no estaba para sutilezas de ese tipo ni para otros juegos florales y en su comentario alusivo se mostró impertinente, frío y algo implacable, lo que encendió mas si cabe la comunicación entre ambos, postura que sin embargo suavizó hasta extremos de brillantez en los comentarios con el resto de los asistentes, lo cual no paso desapercibido para ella, que alimentó mas su rechazo hacia él.
Pero ambos se aferraban a la vida como las dos partes de un velcro, en el fondo sus objetivos y sus necesidades eran parecidos y había que darle significado a los hechos y no a las palabras o los gestos, sin embargo era el momento de las palabras y los gestos, los hechos había que adivinarlos, intuirlos, quedaban para después.
Y así, entre escaramuzas dialécticas y demostraciones emocionales, transcurría la última jornada.
Aquellos ejercicios sentimentales, de búsqueda y reencuentro de cada uno con su propio Yo, tocaban a su fin, todos habían tenido la oportunidad de exteriorizar, alimentar o reconducir las emociones en su propio beneficio y si algún soplo de aire fresco y nuevo habían regalado a los demás, este sería un valor añadido de escaso costo y de imprevisibles consecuencias.
La visión que todos y cada uno de ellos recibió a través de los otros fue clarificadora, el nivel de sensibilidad que alcanzaron algunas confesiones dibujó nuevos y esperanzadores trazos en los comportamientos de la mayoría de los asistentes, el vertido del lodo propio en acequias de desconocido destino, aligeró del todo los estómagos revueltos por el peso de emociones no compartidas.
Muy entrada la noche, se clausuró el encuentro, a lo que le siguió un intercambio de despedidas, datos personales e intenciones de rubricar aquella amistad nacida de la desnudez de sus almas con posteriores coincidencias en un nuevo ámbito mas lúdico y desenfadado.
John despidió a la mayoría con un fuerte apretón de manos, acompañado de alguna caricia simultanea que le era devuelta en un gesto de cortés reciprocidad, excepto cuando le llegó el turno de despedir a Ruth, ésta se anticipó y lo recibió con un profundo abrazo, seguido de un beso contenido en unos labios, que ardieron como hacia años que no lo habían hecho.
Capítulo X
El invierno le sorprendió con el paso cambiado, John necesito volver a su casa de Queens para recoger algo de ropa de abrigo y completar el fondo de su armario, al menos, mientras durase aquella situación.
Avisó a Mary de su visita confirmándole que sería el próximo domingo, esto le dejaba a ella la decisión de quedarse y coincidir o ausentarse y mantener con disciplina el pacto establecido.
El viento frío heló el rostro de John al salir a la calle, recordó que la estación de metro más próxima a su casa en Vermon Boulevard le dejaba demasiado lejos y aquella mañana no le apetecía pasear aquellos kilómetros cargado con bolsos llenos de ropa pesada. Decidió usar el Bus que trasladaba a los visitantes del Noguchi Museum que salía frente a The Asia Society en la 70th con Park Avenue, este era un servicio privado deferencia del Museo, pero que John utilizaba algunos Domingos para trasladarse al centro de Manhattan.
La casa de John y Mary, tenía dos plantas y una terraza lateral con vistas al Museo, desde las ventanas del dormitorio se veía las esculturas del artista japonés que latían quietas en las salas y en el jardín delantero. John había colaborado con el Museo en varias ocasiones redactándoles guías y catálogos de exposiciones itinerantes, incluso comisionando encuentros de arte organizados por el centro y su presencia en el emblemático edificio de hormigón era regularmente celebrada como si de un invitado especial se tratara.
La elección de su ropa en la casa, se redujo tan sólo a unos minutos de acelerado trasiego.
Mary, como era de esperar, no estaba, al menos su presencia física, sin embargo John, la vio, olió y sintió en cada uno de los objetos que veía o tocaba.
Esta ausencia, prevista pero no deseada, había hecho de su estancia una rápida y determinante actuación casi mecánica, pero con una carga emocional más fuerte de la prevista.
John lo asumió como algo natural y prefirió hacer una lectura de ella mas detenida en otro momento.
Regresó en el último bus de la mañana, que en menos de 30 minutos lo depositó de nuevo en el punto de salida.
Con cierta resignación volvió a su apartamento de prestado, un pequeño piso de su familia en el que había acampado con lo mínimo, lo cual le producía temporalmente un estado de insolvencia de difícil solución.
Sufría en silencio esta precariedad, como lo habría hecho cualquiera, de pronto lo cotidiano dejó de tener interés y se convirtió en un intrascendente pasatiempo sin mas entretenimiento que la espera para arañar y compartir con cualquier tercero un poco de su tiempo. Por eso, los días que siguieron a la terapia de grupo le generaron tal cantidad de expectativas y posibilidades que redirecionaron su estado de ánimo a opciones que hasta el momento sólo podía desear.
El teléfono no tardó en sonar, justo tres semanas después de aquella fraternal y colectiva despedida.
Sonó y sonó varias veces, le llamaban para verse y comentar particularidades sobre lo acontecido, para tomar un café y contrastar o descubrir sus personalidades fuera del ámbito de la terapia, para cenar o comer o ir al cine, una de aquellas llamadas fue la de Ruth.
Los encuentros verbales que había tenido con John durante los días de la Terapia, las reflexiones que había compartido o discutido, quedaron alojadas en su subconsciente creando una disposición de al menos cierta curiosidad, todo ello contrastaba con la primera impresión que tuvo de él, le pareció vanidoso, cretino y soberbio y así se lo hizo saber, pero sobre esa crítica y animadversión planeaba la sombra de cierta admiración y respeto por como había mantenido el tipo en las sesiones de grupo y su generosidad y bondad al involucrarse en los asuntos de los demás.
Ruth era dueña en exclusiva de una permanente lucha consigo misma y con las adversidades, poseía todo el Amor del mundo, que entregaba totalmente enamorada a quien amaba y prefería las angustias que el hombre amado le originaba, a la dolorosa indiferencia, pero ésta también llegaba provocándole un sufrimiento pesado como una losa, que le impedía levantar su alma y empezar de nuevo con pasos cortos otro gran camino.
Ahora estaba frente a él, conmovida por sus soledades, las de ambos y sintió que le gustaba, no soñaba con una aventura, si con un cambio, y desnudó de nuevo su alma y le ofreció su ayuda, su compañía, su protección, en definitiva le ofreció su vida.
Esa era su voluntad y estaba decidida a ejercitarse en la tarea de amar primero y enamorar después.
Esa noche, John no regreso a su habitación de prestado, la íntima conversación se alargó hasta altas horas de la madrugada, una cena con recetas de autor y música compartida fueron pretexto suficiente para arrancarle el alma a una jornada, que amenazaba de nuevo con un anodino y gris amanecer.
Capítulo XI
Mary, aprovecho aquella mañana de domingo para encontrarse con James, no era la primera vez que éste se ausentaba de su casa durante las primeras horas del fin de semana, excusándose de forma aceptablemente creíble. Siempre había merecido la pena, incluso en ese momento en el que las incómodas dudas le estrechaban la conciencia. Quedó, como en otras ocasiones en el despacho de Mary.
James, salió de su casa dispuesto a regalarse un buen paseo, a pesar de que a esa hora de la mañana, el tráfico en la ciudad era fluido y escaso y las opciones de llegar con cierta rapidez a las proximidades de Columbus Circle eran más seguras, decidió no usar su Mustang.
Buscó el principio del Puente de Brooklyn, cruzando el parque Whitman con la admiración del que lo descubre por primera vez, en esa época del año la hierba había perdido su color verde y todas las gamas de ocres se ofrecían a su mirada, inició su travesía por el puente con calma, disfrutando de un paisaje que no por conocido, le resultaba menos estimulante. Al final del mismo, en Chambers St. subiría al metro y atravesaría ese complejo vientre de ballena que es el subterráneo de New York.
Recordaba su última conversación personal con John, de la que obviamente no estaba satisfecho. Intentó repasar algunos matices en los que se encontró incómodo, no sabiendo defender la natural atracción que sentía por Mary, asumiendo con timorata facilidad una realidad que más que una falta, era la respuesta normal ante una relación apasionada y vibrante como la que había mantenido con la mujer de su amigo.
Ahí radicaba una diferencia sustancial entre su comportamiento y el de Mary. Ella, veía en su actuación cierta justificación, una aproximación al hecho natural de disponer de su libertad e independencia personal, para actuar en consecuencia y encontrar una explicación a su comportamiento.
En la mente de James se había estacionado la pesada sombra de la traición y desde ese momento sus reservas a fomentar sus encuentros con Mary se hacían evidentes, sin embargo cuando estaba con ella, no podía evitar sucumbir a la arrolladora personalidad y apasionada demanda de una mujer que no estaba dispuesta a perder ese trozo de pastel, que completaba el gran menú de su actual presente.
James, era un hombre sensible e inteligente. Cualquiera, no podría haber suscitado en Mary la pasión que él desató, ni en John la amistad que había afianzado con el tiempo, pero su papel de hombre estrella le empezaba a pesar. La popularidad que dan las cámaras no es fácil de llevar, la vanidad despierta y te viste por fuera, dejando en evidencia otros valores más auténticos, pero menos determinantes.
James tenía sus miedos y los sufría en silencio. Sufría por su matrimonio, un proyecto inacabado y sentenciado a la monotonía, que lograba a duras penas mantener con grandes dosis de materialidad y una posición social y económica que facilitaba y endulzaba la incolora relación. Cada uno de ellos tenía lo que quería, seguridad, solvencia y reconocimiento popular, algo de cuestionable valor, pero que fortalecía mucho en una ciudad que te engullía a la mínima fisura.
Sufría su inconsciencia por la perdida de la amistad con John, una de las pocas cosas auténticas de las que se había sentido orgulloso durante tantos años y que ahora lamentablemente extrañaba.
Y sufría porque el juego con Mary, que tanto ritmo había incorporado a su superficial existencia, tenía los días contados, conocía a Mary e intuía que esos arrebatos apasionantes tan divertidos en la clandestinidad, ahora suponían un enfrentamiento consciente a una realidad fracturada, imposible coger el testigo o empezar de cero, sin la magia de la complicidad y la pureza del descubrimiento.
Así pues, ese domingo por la mañana, al mismo tiempo que John recogía ropa de abrigo de su casa de Queens, James intentó trasladarle a Mary todos sus miedos y sufrimientos.
Fue difícil, a su lado se le iluminaron de nuevo ojos, recordando los lugares escondidos en los que iniciaron sus salidas, lugares para comer o beber cargados de romanticismo, veladas junto a copas de vino que les hacían olvidar otras realidades que esperarían para el día siguiente.
Juntos, se crecían, se fortalecían el uno al otro, pero James sabía que la historia tocaba a su fin. Una vez conocida su relación con Mary el riesgo era cada vez mayor y a eso no estaba dispuesto a jugar, era consciente de la independencia de ella y las pocas probabilidades de imaginar un futuro a su lado, su matrimonio aunque convencional era más cómodo y seguro que la más atractiva de las aventuras. Aventura que además ya había experimentado. Ahora tocaba replegar velas y centrar su esfuerzo en sanear una realidad que nunca debió dejar de alimentar.
Pero despedirse, romper de inmediato, era muy complicado, el pastel de Mary estaba allí, ofreciendo posibilidades, encontrando opciones, manejando la situación con una lógica y naturalidad que James no llegaba a entender, en ese momento para él las cosas sólo eran blancas o negras y tenía que elegir y ya había elegido.
James, se aclaró la voz y suavemente le dijo:
-las cosas están cambiando, somos los actores de una Obra con papel sólo en el primer acto, y acaba de bajarse el telón-
Aquello, le sonó a un mal libreto de un peor melodrama, era obvio que en esas condiciones, no sacaba lo mejor de si mismo. Evidenció que en su trabajo sólo leía o comentaba con brillantez aquellos textos que John escribía cada mañana para él.
Mary, sentada a su lado le miró durante unos segundos y por primera vez, dudó si tomarlo en serio o no, incapaz de concentrarse en aquel instante, su mente voló inconsciente a su casa de Queens donde imaginó a John recogiendo ropa de abrigo para enfrentarse al duro invierno que se preparaba.
Capítulo XII
Todo tiene su momento, y el de los espejismos, había pasado.
60 días para descubrir una infidelidad, otros 60 para digerirla y 60 más para decidir al respecto.
Evidentemente no era sólo cosa de John, ni tan siquiera de Mary y por supuesto menos todavía del resto de los actores, que podían protagonizar indistintamente papeles de prometedores cambios o tal vez, ser victimas de adversas circunstancias.
John se preguntaba a donde le llevaba todo aquello, su vanidad había sido alimentada con creces, su ego restaurado y en su reafirmación como hombre se sentía aprobado con nota, sólo le quedaba encontrar respuesta a lo más esencial... ¿Para qué, aquel tiempo de reflexión? ¿Era Ruth, la respuesta a su deseada estabilidad? O quizás, la que más temía y más se preguntaba: ¿Sería capaz, si tenía la oportunidad, de volver a recuperar el amor de Mary?
Ensimismado, ordenando estos interrogantes le venció la tarde, era fácil charlar consigo mismo, más difícil, era contestarse con honestidad e inteligencia. El cambio había traído al mismo tiempo la áspera amenaza de la ruptura definitiva o la posibilidad de una madurada y dulce reconciliación, en todo caso este era un asunto que sólo dependía de ellos dos.
John, estiró su cuerpo y recuperando la verticalidad buscó un descanso en el banco de la cocina, un café largo, caliente y reposado le minimizaría su ansiedad. Observo a su alrededor y no se vio entre aquellas paredes, extrañó las distancias, los colores y los olores y en un descuido le sorprendió un pensamiento, la idea de estar con Mary significaba algo distinto a estar con Ruth o cualquier otra mujer. Sin embargo, sabía que para que aquello sucediera se tenían que dar unas condiciones determinadas.
Se llevó el café a la boca y cerró los ojos, aquella otra realidad, la que podría recuperar, era una aventura con una fuerte dosis de riesgo, pero también un reto muy atractivo, estimulado con la idea de suscitar de nuevo el deseo y admiración que creía perdido.
Todo ello, le bailó desordenado en su cabeza al tiempo que apuraba la taza de café.
Mary, no reanudó su trabajo después del mediodía, lo concreto de su actividad le permitía disfrutar de muchas tardes libres, sin embargo era luego en su casa donde encontraba los mejores momentos para ordenar y documentar sus asuntos, que dejaba casi resueltos para la jornada siguiente.
Después de horas de tomar apuntes, buscar precedentes y memorizar sentencias, se levantó para mirar por la ventana la porción de Skylab del Midtown Manhattan que desde ella se veía, siguió con la mirada Rainey Park, que con su color ocre delataba el invierno que estaba padeciendo, a continuación por el centro de Roosevelt Island las dos orillas que daban paso a un espectáculo de edificios iluminados, le sobrecogió su grandiosidad, su escala a pesar de la distancia y su belleza, y más a la izquierda, paseó su sobrecogimiento desde la cuña superior del moderno Citigroup Building hasta el pináculo Art Déco del Empire State.
Emocionada, cedió en un terreno en el que no era experta, pero le pudo el vértigo que le produjo aquella visión de una ciudad que tanto amaba y que tanto significaba para ellos dos, pensó que nada sería igual si no hacía marcha atrás, y a continuación, daba un paso adelante. Un escalofrío de duda y miedo le hizo reaccionar y estudió la posibilidad de acelerar su encuentro con John. Giró sobre si misma y sintió en los objetos más próximos su presencia, lo imaginó compartiendo proyectos, independiente, silencioso y distante, pero comprometido y leal, de nuevo el temor se apoderó de ella, pensando que quizás entonces era tarde y podía estar sucediendo algo irreversible.
En un segundo momento de su arrebato emocional, pensó en los hijos que no habían tenido y aunque la demora era una decisión compartida, no los imaginó de otra forma que no fueran sino de él.
Mary, distrajo de nuevo la mirada hacia la ventana e hizo una retrospectiva de la situación, asumía su parte de responsabilidad en lo sucedido y lamentaba la forma en la que se habían precipitado los acontecimientos, pero no se arrepentía de lo esencial, su independencia innata, le obligaba inconscientemente a estar demostrándose en cada momento su condición de Ser libre.
Ella no pertenecía a nadie, por lo tanto no se consideraba mujer de un solo hombre, pero su compromiso vital con John, exigía un tratamiento que le obligaba a una reciprocidad de atenciones, por otra parte deseados y placenteros.
La ausencia de John esos días, también había sido una buena terapia para ella, la distancia de los objetos amados, le había llevado a salir de si misma y resolver sola mil detalles cotidianos, abriendo pequeñas fisuras en su conciencia, otras veces tan hermética.
Aún así, Mary, en esos momentos mostraba un perfil variado y plural, y en sus sentimientos se vislumbraba por un lado una evidente preocupación, y por otro, una ya constatada ausencia de dependencia, que por su habitual fortaleza y obstinación le permitían que con la misma hipocresía con la que eludía asumir culpabilidades, perfilar un resultado en el que estaban vírgenes todas las expectativas.
La evolución de ambos era evidente, algunas fórmulas de comportamiento habían quedado anquilosadas y las perspectivas de nuevos esquemas se sumaban al rico y fértil carácter de sus destinos, indistintamente de cual fuera su decisión.
Capítulo XIII
-Creo, que debemos hablar- dijo Mary, nada mas oír la voz de John al descolgar el teléfono.
-Ok. nos vemos esta noche, en casa-
-Prepararé algo para cenar- Confirmó Mary.
A John, le pareció positivo que fuese ella, la que tomara la iniciativa, pensó que esto le posicionaba con cierta ventaja respecto al contenido de la conversación, no pudo evitar recrearse en el hecho de que esta llamada la deseaba, pero también percibió menos entusiasmo del que se suponía llegado el momento y se sorprendió sintiéndose menos interesado por el encuentro, de lo que cabía esperar.
Quiso insistir en esa actitud, y se preguntó hasta que punto, el todavía inolvidable dolor por el engaño, su recuperación anímica y la placentera satisfacción de haber despertado interés en otras mujeres, no le habrían hecho cambiar sus expectativas para recuperar su relación con Mary.
El, seguiría viendo a James todos los días y los fantasmas del recuerdo estarían presentes cada mañana, hasta que se diluyeran en el tiempo; un tiempo cuya duración desconocía y que estaría inevitablemente sujeto a su inminente futuro, por otro lado, conocía a Mary y ella, no iba a cambiar (ni él lo pretendía), su carácter fuerte e independiente.
Por un instante contempló la posibilidad de no acudir a la cita, la dualidad de sus sentimientos exigían una cuidada reflexión y no quería actuar a la ligera, tenía todo el día por delante, y una probable incomparecencia, exigiría una madurada y definitiva excusa. Por otra parte, si por el contrario acudía, debería hacerlo con el rigor y el convencimiento que su respeto y cariño por ella le demandaban, así como la todavía viva ilusión, que mantenía por continuar con un proyecto de futuro que ambos habían diseñado hacía algunos años.
Mary, no renunciaba a seguir viendo a James, ya no en la clandestinidad, porque los momentos de descubrir y compartir pasiones pertenecían al pasado, pero se resistía a prescindir de una relación que aunque relegada a mínimos le seguía perteneciendo. Se dio cuenta de que no quería pensar en ello y le atrajo la idea de dedicar lo que quedaba de tarde a preparar una atractiva y exquisita cena, como ya la habían disfrutado en otras ocasiones.
Sola en la cocina, se preguntó si lo de la singular cena, era buena idea, no quería malas interpretaciones, ni tampoco impresionar al impresionable John, con una puesta en escena que le pudiera incomodar, aunque en el fondo lo que realmente deseaba era elaborar una seducción en toda regla, muy propio de esa personalidad, a la vez tan auténtica, como controvertida.
Mary, no dudaba casi nunca y siempre reaccionaba con inmediatez y acierto ante todo tipo de cuestiones, por muy cotidianas o banales que estas parecieran.
Así pues, destripó la enorme dorada que había comprado para la ocasión, dejándole cabeza y escamas y la durmió entre dos capas densas de sal gruesa, que puso inmediatamente a hornear.
Preparó un tibio puré de patatas y una fría crema de zanahorias para la guarnición, y para regar ese bocado, puso a enfriar un vino blanco afrutado que recordaba de otras ocasiones y que seguramente habría comprado John, meses atrás.
Cruzaba con rapidez los cuatro rincones de la cocina, manejándose con aprendida destreza, pero no podía evitar el sobresalto, cuando le sorprendía el vértigo por la remota posibilidad de que John no apareciese, o la llamara a última hora excusándose por alguna inexplicable ausencia.
Estaba apostando fuerte, tenía claro lo que quería, pero estaba moviendo ficha unilateralmente y daba por hecho, que esa noche John y ella hablarían el mismo leguaje.
Una vez completada la decoración de la mesa, se sentó junto a ella, y por primera vez le venció el cansancio, sólo tenía que esperar y oír sonar el timbre.
Cayó sumida en un ligero duermevelas, del que se recuperaba al más mínimo ruido, todos ellos le resultaban familiares, pero ninguno de ellos lo identificó como el de esa chicharra que tantas veces John había sugerido cambiar por un melódico Ding Dong.
El liviano duermevelas se convirtió en un sueño profundo.
...La chicharra metálica sonaba una y otra vez, Mary, se despertó de un sobresalto, miró el reloj y era la hora exacta, se recuperó rápidamente y se sintió inmensamente feliz.
La novela de Marvyn Jones, fue adaptada y llevada al cine por el director Peter Yates, interpretada en sus principales papeles por Mia Farrow y Dustin Hofmann. En la que se plantea un leve drama coyuntural cuya última finalidad es el retrato de una época. Esta ambición no acaba de cumplirse, y todo queda reducido al desconcierto de dos personajes en un contexto diluido hasta los límites del puro cliché.
Otoño en Manhattan es un discreto homenaje a aquel texto que tanto me motivó, y que me dejó sedimentado en el fondo de mi deseo, la necesidad de fantasear sobre las relaciones personales. De John & Mary, sólo he robado algunos de los nombres de sus personajes, lo demás no deja de ser un descarada intento de inmortalizar en negro sobre blanco, una historia que siendo ficción, algo pudo tener de realidad.